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Amar: decisión y compromiso.

Dra. Dora Celis Esparza.

Febrero, 2015.

dcelis@cpdh.co.cr

En los últimos años, se ha ido evidenciando, cómo los roles que tanto hombres como mujeres desempeñaban dentro de la relación de pareja han evolucionado, lo que conlleva a que las tareas ejercidas se modifiquen hacia una mayor equidad, surgiendo diversas transformaciones en la estructura familiar, entre las que podemos mencionar:

  1. Aumento en la edad del primer embarazo en la mujer.
  2. Disminución en el número de hijos.
  3. Divorcios a más temprana edad, o por el contrario a edades más avanzadas de las que usualmente estábamos acostumbrados a conocer.
  4. Crecientes conflictos en la pareja, aunque también podríamos decir, posiblemente mayor reconocimiento en la aceptación , o tal vez mayor necesidad de solución de las dificultades que subyacen a las relaciones de pareja, buscando ese equilibrio emocional que cada día se hace más necesario para lograr una adaptación personal, social y por ende familiar.
  5. Dificultad en la expresión de sentimientos, comunicación afectiva y efectiva, así como en la transformación y/o resolución de conflictos.

Aunado a lo anterior, llama la atención en procesos terapéuticos, la identificación de vínculos afectivos que se establecen con la necesidad apremiante que la pareja sea la responsable de “su felicidad”, iniciando un largo proceso de demandas y exigencias que van lacerando la estructura armoniosa de

la pareja, entorpeciendo el inicio de una actitud que facilite la resolución de conflictos presentes.

Es importante preguntarnos: ¿Alguna vez nos hemos prohibido expresarles a las personas que amamos, nuestros sentimientos? ¿Tal vez, ignorando o despreciando a alguien cuando en realidad desearíamos decirle: te amo? ¿o acaso colgamos el teléfono porque sentimos el deseo de pedir u otorgar disculpas , pero creemos que nuestra masculinidad o femineidad se verá en franco deterioro por hacerlo? Fortaleciendo posiblemente lo anterior, se encuentra el no extinto mandato “cultural” a través del cual se enseña a los hombres a no llorar porque tienen que ser fuertes, y a las mujeres a no enojarse porque deben ser, (o al menos parecer) atentas y dulces todo el tiempo. ¿Desde cuándo inventamos que el sentir tiene exclusividad de género? ¿O el llorar es sinónimo de debilidad?, qué bien nos haría romper esos paradigmas tradicionales, que enmascaran e impiden la autenticidad en la expresión de sentimientos, ocasionándonos dificultades en nuestras relaciones.

¿Hemos aprendido… Nos han enseñado o nos hemos acostumbrado a ocultar nuestros sentimientos desde una edad muy temprana?, sin embargo, estas emociones reprimidas no desparecen, permanecen dentro de cada ser, acumulándose y tomando diversas formas que estructuran su personalidad, posiblemente en estados de ánimo que comprometen la cotidianidad, o un sin número de adicciones, inclusive adicciones al falso amor, ya que lamentablemente, en nombre del amor se continúan maltratando los seres humanos. Tal vez hemos escuchado en alguna oportunidad frases como: “Quien más te quiere más te hará llorar”, “si te miento es para que no sufras”, “yo no quería lastimarte…pero tú me provocas”…Y así un sinnúmero de afirmaciones que reflejan esa forma inconsecuente e incongruente de cómo concebimos el amor, como si amar fuera sinónimo de dolor.

Por lo tanto, continuamos transmitiendo nuestras propias cuestiones no resueltas en la manera como nos relacionamos, generando un particular estilo de amar, siendo este, la manera de procesar la información afectiva, sentirla, evaluarla e incorporarla a la relación de pareja. Si el modo de procesar dicha información es distorsionado y guiado por esquemas negativos de sí mismo, el mundo y el futuro, dicho estilo será perjudicial para la salud mental del individuo y por ende de la pareja y/o familia que conforma (Moral y Sirvent, 2008), pretendiendo que la pareja asuma como se ha mencionado anteriormente, la total responsabilidad del mayor compromiso personal: ser feliz.

Producto de lo anterior, encontramos personas adultas pretendiendo que sus hijos e hijas, cumplan los sueños que por falta de decisión, inseguridad, entre otros factores, no pudieron o no quisieron asumir; manifestándose en esos hijos e hijas, consecuencias, tales como: inmadurez afectiva, agresividad, inseguridad, entre otras, que les lleva a repetir el circulo vicioso iniciado por su padre o madre. Estableciendo al crecer relaciones inmaduras, dependientes y/o agresivas, aferrándose al antiguo paradigma del amor sinónimo de dolor y/o eterno proceso de complacencia, ese amor que todo lo debe soportar, aún la ausencia de dignidad, permitiendo o provocando diversas situaciones de violencia.

Es por eso que amar es y debe ser una decisión, enmarcada por el autoconocimiento, la auto-aceptación, de lo contrario , difícilmente se establecerán relaciones saludables, donde no se proyecten vacíos personales, haciendo a los demás responsables de acciones y decisiones. Para lo cual se debe desarrollar la habilidad de vernos a nosotros mismos y ver a la otra persona en un plano de realidad, sin usar máscaras que impidan tomar conciencia de las propias emociones, solo así nos relacionaremos con total honestidad.

Ante esa necesidad apremiante para ayudar a las parejas a fortalecer el compromiso de “querer estar”, los diferentes enfoques terapéuticos pretenden proporcionar las herramientas necesarias para la construcción de un espacio afectivo que favorezca el mutuo crecimiento y disfrute, donde se conserven individualidades, existiendo espacios de saludable intercepción.

Uno de dichos enfoques es el Cognitivo conductual; la terapia de pareja desde esta perspectiva, se centra en el análisis detallado de los conflictos cotidianos que pueden llevar a la ruptura de la relación, planteando cómo aparecen los problemas, y cómo se mantienen, identificando características que se asocien con ellos de forma general, estableciendo el posible predominio de interacciones negativas sobre las positivas. Con el objetivo de conseguir una intervención eficaz, centrándose en aumentar el intercambio de conductas positivas y en mejorar la comunicación y la resolución de problemas (Costa y Serrat, 2002).

Según Beck (2008), este enfoque, considera la estructura de la pareja en sus dos vertientes básicas, como ente social y como relación diádica interpersonal, obteniendo de su evaluación, un marco en el que se encuadran los conflictos, las áreas en que se producen, sus formas y consecuencias, teniendo así una visión que ayuda a comprender la dinámica en su extensión, para obtener indicadores sobre cómo prevenir recaídas y construir un proyecto de vida personal, social, conyugal y familiar.

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